22 de septiembre de 2017

Mentiras y malas palabras en las redes

Internet y sobretodo las redes sociales han permitido a todos acceder a la información y también a generarlas como nunca antes. Pero, como todo en la vida, tiende sus aspectos buenos y también algunos malos. 
La comunicación política se ha visto "renovada" con una nueva forma de comunicación como la que Trump ha introducido con su uso de Twitter.
"Aunque haya sido el candidato presidencial más errático y pintoresco de la historia y carezca de la organización, recursos y autodisciplina que se consideran esenciales para el éxito, Donald Trump ha reescrito el manual del lenguaje político estadounidense." (Thompson, p.111)
En política, las novedades lamentables son otras y han cobrado también mucha atención en los últimos meses.
"Hoy en día cuesta no compartir la pesimista conclusión que expresa Tony Blair en el pasaje de su discurso de 2007: por lo que respecta al discurso público, la revolución digital hasta el momento ha resultado ser un falso amanecer. Se suponía que iba a mejorar mucho las cosas. En lo tocante al lenguaje público y al debate democrático y constructivo, hasta ahora, en general, no ha hecho más que empeorarlos." (Thompson, p.154)
Desde la campaña de las elecciones norteamericanas del año pasado, muchos medios online se han hecho eco de las investigaciones que han denunciado campañas tendientes a influenciar a los votantes y de la existencia de empresas especializadas en generar noticias falsas o enviar mensajes "ajustados" en las redes sociales. (Ya he comentado algunas en marzo pasado.)
Filippo Menczer, de la Universidad de Indiana, dice que puede resultar difícil distinguir las fuentes honestas de las deshonestas. Y lo ha probado con investigaciones que demuestran la existencia (y la efectividad) de robots que crean falsas noticias y no sólo en el campo político. El gráfico que sigue, fruto de su trabajo, muestra en rojo los tuits producidos por robots en una campaña de vaccinación.

Para Charlie Beckett, periodista  profesor de medios en la London School of Economics,
"Ahora existe la noción de que la verdad no tiene nada que ver con los hechos. Para muchos lectores, una noticia falsa es una noticia con la que no están de acuerdo. Los medios están descubriendo, en un mercado muy competitivo, que cuanto más tendenciosa es la información, más gusta a la gente. Por tanto, también hay una especie de presión del mercado. Hoy en día es más necesario que el periodista desempeñe su papel y diga: “Mire, sé que desde un punto de vista emocional cree esto, pero estos son los hechos”." (El País, 10/7/2017)
La multiplicación de noticias falsas y la aparición de expertos en crearlas y venderlas han llevado a la invención del término "posverdad".
"La posverdad se referiría a un ecosistema informativo y de creación de opinión en el cual priman el sentimiento y el prejuicio por encima de los datos y los hechos. Así, una dinámica habitual de la posverdad sería que tanto los periodistas como los ciudadanos de a pie difunden bulos o medias verdades que encajan con sus prejuicios, a pesar de que posteriormente estos sean desmentidos. Otra característica recurrente de la posverdad sería la deslegitimación de los medios que publican informaciones contrarias a algún prejuicio ideológico. A estos medios se les acusaría de difundir noticias falsas o sesgadas, a las órdenes de turbios intereses." (M. Rivera De la Cruz, El Español, 4/9/2017)
Google y Facebook, que concentran más de 80% de la publicidad digital que ansían los periódicos, han sido los principales afectados –junto con Twitter– por el escándalo de las noticias falsas y las autoridades europeas los han hecho responsables de su identificación y rápida retirada. La Comisión Europea ha impuesta una multa de 2.420 millones de euros a Google y de 110 millones de euros a Facebook. Alemania ha aprobado sanciones de hasta cincuenta millones para aquellas redes sociales que no identifiquen y retiren rápidamente las publicaciones delictivas o mentirosas. (Forbes, 12/9/2017) Las noticias falsas usan las plataformas como Facebook y Twitter para dirigir tráfico hacia sus propios sitios web y "monetizarlos" con publicidad de Google Ads (lo que ha llevado a Google a rastrearlos e impedirles el uso de sus sistema de inserción de publicidad).

No solo crear noticias falsas se ha abierto camino. También la mala educación y el lenguaje del odio. La virtud del diálogo respetuoso parece estar en retirada.
"Quienes moderan salas de chat o comentarios sobre las noticias saben que, por cada forero o tuitero que quiere participar en un diálogo educado, existe otro —a veces una multitud— con algo más siniestro en mente. [...] Los grupos extremistas, desde los terroristas antioccidentales hasta los supremacistas blancos, disponen ahora de un medio de distribución global, gratuito y casi del todo desregulado que han adoptado con entusiasmo y, en algún caso, sofisticación, sobre todo en el uso de las redes sociales." (Thompson, pp.336-337)
Los trolls son sin duda la forma más despreciable de comunicación en las redes sociales. La razón científica por la que los trolls insultan a otras personas online es la sensación de dominación que les produce, dicen en Science Direct. Según un estudio, suelen ser hombres con un rasgo de personalidad narcisista (TICbeat, 15/9/2017)
"Los trolls forman parte del ecosistema de internet desde que éste se convirtió en un medio masivo. Se han convertido en un elemento más con el que hay que convivir cuando uno se adentra en la Red, y aunque su actividad cada vez es más perseguida, siguen dando rienda suelta a su bilis cada vez que tienen ocasión. Las redes sociales (con Twitter a la cabeza), los blogs y los foros son su campo de actuación favorito para acosar a otros internautas, promover campañas de difamación contra personaje públicos y personas anónimas, ‘boicotear’ servicios o cuentas que no son de su agradado o simplemente ofender por puro entretenimiento. Los casos en que sobrepasan los límites de la legalidad hablamos de prácticas como el ‘doxing’ – publicar parte o la totalidad de la información personal – o el swatting – que consiste en alertar a la policía de una emergencia falsa. Cuando intimidan o extorsionan a alguien ya no hablamos de “trolleo”, sino de ciberacoso, lo que son palabras mayores y también es perseguido por las autoridades." (Lara Olmo, TICbeat, 9/8/2017)
Los trolls tienen doble filo, como bien demostró el reciente caso de Inés Arrimadas en España. Esta líder del partido Ciudadanos fue vilmente insultada en Facebook. Inmediatamente, sacó un pantallazo del mensaje, incluyendo el nombre de su autora, y lo reprodujo en su cuenta de Twitter, tuit que se transformó en trending topic y le valió a su autora ser despedida de su trabajo. (La Vanguardia, 8/9/2017). Se le ha criticado que haya revelado el nombre de la ofensora, pero 
"Ferran Lalueza, profesor de comunicación y experto en redes sociales de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), considera totalmente “legítima” la respuesta de la líder de Ciudadanos: "Es legítima la denuncia del hecho mostrando el contenido original con nombre y apellidos de la responsable del mensaje, puesto que se trataba de un contenido que en ese momento era accesible para todo el mundo. (...) Todos debemos ser conscientes como nunca de que cuando publicamos un contenido en las redes sociales perdemos en gran medida el control sobre éste y también sobre los efectos que puede provocar. Ignorar esta realidad resulta temerario e irresponsable". (La Vanguardia, 8/9/2017)
¡No hay impunidad en las redes sociales! Como ha demostrado este caso, (y muchos otros) "cada palabra que digas puede ser y será anotada y usada en tu contra" (Thompson, p.377)

Otra plaga del lenguaje político es la exageración.
"Cuando Margaret Thatcher murió, varias luminarias de la izquierda decalararon que había "destrozado" Gran Bretaña. [...] Si el Reino Unido era un territorio destrozado, ¿que palabras quedan para países como Siria, Libia y Somalia, donde "destrozado" significa ciudades bombardeadas e incendiadas? [...] La exageración gana menos elecciones de lo que creen los devotos." (Thompson, pp.377-378)
Un clíma político construido de este modo no es favorable para un debate serio y lo más preocupante es que la gente se mueve más en base a sus emociones -fáciles de manipular- que en base a la razón.

Referencias
Menczer, F. (2017): How Scientists Are Fighting Fake News, Inverse.com,
Thompson, M. (2017): Sin palabras ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política, Santiago, Penguin Random House.

15 de septiembre de 2017

Contra las plataformas: ¿Redes sociales descentralizadas?

Jillian York, una activista de la libertad de expresión, fue temporalmente expulsada de Facebook por compartir desnudos parciales. Las fotos "ofensivas" eran parte de una campaña alemana de concientización sobre el cáncer de mama que incluía, por lo tanto, los pechos. Facebook marcó el post como una violación de sus normas, que prohíben estrictamente la mayoría de los tipos de desnudos femeninos. Sin sus credenciales de Facebook, York ya no podía acceder a aplicaciones como Spotify y Tinder. (Wired, 8/9/2017) Este caso muestra a la vez el poder de este tipo de plataforma y nuestra creciente dependencia de ellas para  nuestras actividades en internet. 

Se supone que la web se ha transformado de un espacio abierto para la libre expresión, pero las plataformas pueden censurar lo que sea, sea directamente -algunas veces en forma justificada o por razones jurídicas (como la prohibición de discursos de odio)- sea indirectamente (mediante algoritmos que minimizan la aparición de ciertos contenidos). Lo peor es que la exclusión puede tener graves consecuencias para la vida personal y profesional de las personas, sin que se pueda recurrir contra ella con cierta facilidad.

Algunos piensa que nuevas tecnologías pueden ofrecer una vía de escape. Podría ser el caso de las redes descentralizadas, construidas sobre el sistema P2P (de PC personal a PC personal) como sugiere Tim Berners-Lee, o la tecnología blockchain.

Esto no funcionará, predice en Wired un grupo de expertos que investigaron los sistemas descentralizados. Un primer problema para ellos será conseguir suficientes seguidores, debido al efecto de atracción de las masas (Nos suscribimos a Facebook, por ejemplo, porque sabemos que ahí encontraremos a nuestros amigos). Otro problema es el de la seguridad, muy débil en P2P pero mayor en blockchain, donde es más difícil de manejar. Las redes sociales, por otra parte, tienen curadores que vigilan los contenidos (y algoritmos que destacan algunos) y optimizan su rentabilidad gracias a la publicidad y a una economía de escala, algo también muy difícil de lograr en una red descentralizada. "La realidad es que la mayoría de la gente no desea mantener su propio servidor web o nodo de red social", agregan. Sería mucho mejor facilitar la interoperabilidad de las redes existentes, asegurar más la propiedad y la portabilidad de los datos personales. (Wired, 8/9/2017)